1 de octubre de 2009

El ganaba bien como telefonista, yo laburaba mal, y ganaba peor. Yo tenía el primer papel, y él el de protagonista, de la historia más triste de todas las de amor. Lo fiché desde lejos, moviendo su cintura, y al ritmo de su cuerpo mi mirada bailó, se rompían los espejos reflejando su hermosura, se rompían los esquemas de mi pobre corazón. Dichosa si es que existe la dueña de esta perla, de esta obra de arte, de esta boca de miel, le dije y ahí nomás a pesar que existía, ni papel ni biromes: derechito al hotel. Supe que era casado con problemas de pareja y que no soportaba gente de mal humor, supe que enloquecía con los besos en la oreja, que en la cama y desnudo baila mucho mejor. ÉL LE CAÍA BIEN A TODOS MIS SENTIDOS, salvo cuando la mujer era el tema de hablar, cuando su confesión lastimó mis oídos, me dije: "no lo escuches, no te ahogues en su mar". Yo abrí de par en par las puertas de mi alma y dejé que saliera mi secreto peor, disimulando lo triste y conservando la calma le dije: "aunque no creas, estoy buscando amor". Nos rendimos los dos a fingir como tontos, que yo era su mujer y que el era mi marido, pero al cabo de un tiempo yo no quería ser su esposa, el quiso volver a ser el caballero infiel. Ahora el está feliz, volvió con la idiota, yo recorro las calles buscando otro hombre, y aprendí que mentirse tiene patas muy cortas, que siempre la costumbre va a matar al placer